Nébula Rol

Volver a nacer

Esta es la última entrada del año 2016 en Nébula Rol. Iba a hablar sobre los distintos organismos y agencias de High-Space Uplifted pero he decido publicar un nuevo relato. ¡No temáis! Los relatos se publicarán con calma para no saturar, compartir dos seguidos es y será algo excepcional.

Volver a nacer es, en realidad, el preludio de La lágrima de arena, y cuenta en tan solo un par de páginas algo que le sucedió a Dorian D'vrost veinte años antes de Dinero fácil, el próximo relato que publicaré en Nébula Rol.

Volver a nacer es, como ya digo, una relato muy corto, pero que representa muy bien eso que yo llamo fantasía sucia. Podéis leerlo a continuación y/o descargarlo haciendo clic en este enlace.

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En algún lugar más allá de la espesa niebla, en lo alto del manto nocturno, una espléndida luna llena brillaba sin que su guía de plata pudiera asistir a Bethleof que tropezó una vez más y cayó al suelo. Respiraba con suma dificultad, se sentía enfermo y sus manos se sacudían con violentos temblores, pero otra vez logró reunir la fuerzas necesarias para levantarse y continuar avanzando por el bosque, con el único objetivo de llegar a tiempo.

Se encontraba totalmente desorientado, con la mente embotada y los sentidos disminuidos, se obligaba a dar un paso tras otro, luchando contra la torpeza de aquellas piernas que a duras penas lograba gobernar, avanzando erráticamente, sin encontrar ninguna señal que confirmase que lo hacía en la dirección adecuada, moviéndose por el instinto y la desesperación más puros, pugnando contra la sensación de derrota y las ganas de abandonar.

Nunca comprendió como dio con el lugar. Durante dieciséis años reviviría aquellos momentos en múltiples ocasiones y nunca lograría encontrar una explicación satisfactoria para aquello: azar, una divinidad piadosa, el destino… Pero la niebla perdió consistencia y un resplandor plateado le descubrió un terreno más despejado. Se acercó a la linde del claro y escrutó entre la calígine pese a sus pupilas anormalmente reducidas por el poderoso narcótico que inundaba su sangre. La luna volvió a tenderle una mano generosa y argéntea, y comprendió que había encontrado lo que buscaba.

En el interior de un amplio círculo delimitado por rocas colocadas a intervalos regulares, una figura arrodillada le daba la espalda bajo la luz fantasmal de una luna que, ahora sí, se mostraba libre de la prisión de las nubes e iluminaba toda la superficie de un claro en el que la niebla no se atrevía a entrar.

Contempló inmóvil aquel cuerpo desnudo cuya palidez acrecentaba la luz plateada y la larga cabellera rojiza que caía hasta el comienzo de la espalda. Trató de controlar inútilmente los espasmos de sus manos, y se sintió débil, incapaz de continuar con aquello. Pero súbitamente, un quejido lastimero que provenía del interior del círculo de piedras, provocó finalmente su reacción.

Bethleof se adentró en el claro pero sólo fue capaz de dar un paso antes de detenerse de nuevo. Nada más rebasar el límite sintió la oposición de una fuerza invisible, una energía que trataba de impedir su avance. Una presencia maligna que pareció adentrarse en su pecho para oprimir sus pulmones y robarle el escaso aire que su respiración dificultosa podía conseguir.

El hombre clavó una rodilla en el suelo incapaz de soportar aquella carga y trató en vano de ponerse de nuevo en pie para continuar su avance. Su visión borrosa se vio empañada por lagrimas de impotencia pero decidió no sucumbir a aquel duelo de voluntades. No se veía con fuerzas para empuñar su espada larga, pero desenfundó su daga y la aferró de forma temblorosa. El contacto familiar con la empuñadura le concedió el brío que necesitaba, como tantas y tantas veces le había sucedido en los campos de batalla. Y se puso en pie. Y avanzó decidido, libre ya de aquella influencia negativa, hacia la mujer desnuda que sujetaba en alto el cuerpo de un pequeño animal cuya sangre caía sobre un recién nacido, su hijo, el hijo de ambos, que comenzó a llorar con fuerza.

Bethleof golpeó a la mujer con la empuñadura de su arma alcanzándola en el pómulo y la dejó sin sentido. Soltó el puñal, y acercó sus dedos temblorosos hacia el pequeño cuerpo cubierto por sangre animal.

Con sumo cuidado, lo envolvió en su capa pero, antes de que pudiese tomarlo entre las manos, el peligro anunció su llegada traidora con un destello plateado. El viejo soldado sujetó la muñeca de la mujer evitando así ser apuñalado por su propio cuchillo, mientras la golpeó por tres veces con el puño derecho, derribándola de nuevo.

Bethleof trató de levantar al pequeño pero tuvo que reunir sus menguadas fuerzas para lograrlo. Cada vez que intentaba alzarlo, una fuerza invisible parecía empeñarse en mantenerlo fijado al suelo. Finalmente, logró incorporarse con la criatura en su regazo. Vaciló unos instantes a causa del influjo de la droga que le habían suministrado, se dirigió hacia el borde del círculo delimitado por las grandes piedras, luchando a cada paso contra una resistencia sobrenatural que reclamaba al crío como suyo.

En cuanto dejó atrás las piedras, experimentó una sensación liberadora y supo que había ganado aquella extraña batalla contra las energías de más allá del Velo. Apretó el paso, cada vez más firme, y antes de llegar al límite del claro, volvió la vista atrás para mirar por última vez a la mujer que amaba.

El cuerpo desnudo de aquella furia se le echó encima, en un intento desesperado por recuperar al bebé. Bethleof se encogió por instinto para proteger al pequeño sin poder evitar que las uñas de su atacante rasgaran la carne de su rostro.

–¡Aaaah! ¡Bruja de los demonios! –maldijo el soldado cuando su ojo derecho se llenó de sangre.

Bethleof apretó contra su pecho a la criatura con el brazo izquierdo, mientras se sirvió del otro para desenfundar la daga y apuñalar a la mujer que terminó cediendo al dolor, retrocediendo unos pasos primero, para caer herida de muerte.

Bethleof nunca volvería a ver por ese ojo. Durante dieciséis años seguiría combatiendo por cualquier bandera que pagase lo suficiente. Durante todo ese tiempo, su ojo ciego no pareció ser una desventaja. Pero, en su última batalla, la muerte le llegó precisamente desde ese lado.

No fue una muerte limpia, ni rápida. Agonizó largamente en el suelo, mientras camaradas y enemigos combatían a su alrededor. Nunca supo quien lo mató. Tampoco le importaba demasiado. Tan solo tuvo pensamientos para su hijo. Ahora no podría protegerlo como hizo desde aquel día en el claro.

Mientras se ahogaba en su propia sangre, sonrió al pensar que había hecho un buen trabajo, que su hijo no necesitaba más de su protección. ¡Lo había convertido en un gran soldado!

La muerte le llegó tras un esputo sangriento.

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