Nébula Rol

Dinero fácil

[Proviene de "Volver a nacer"]
En este nuevo relato breve, descubriremos fugazmente las calles de
Hadora y a un extranjero que trata de huir de sí mismo. Pertenece a La Lágrima de Arena y resultará interesante para conocer el ambiente de la próxima aventura de Sakrynia. Podéis leerlo a continuación y/o descargarlo haciendo clic en este enlace.

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Cuando el bullicio de la taberna desapareció tras la puerta, el sabor especiado del vino de dátiles aún persistía en su paladar. Encontró placentera la sensación del frescor nocturno en su rostro y tras disfrutarla inmóvil durante unos segundos, echó a caminar con un primer paso vacilante. Quizá se había excedido un poco con el vino pero era bien cierto que al día siguiente no tenía nada que hacer y podría dormir cuanto quisiera.

Caminó por callejuelas alfombradas por la arena del desierto, que el viento traía desde muchos kilómetros más allá, y tenuemente iluminadas sólo gracias a un cielo nocturno sin nubes. Maldijo a Mirlo el tratante, cuando volvió a trastabillarse, pues si bien era gracias a él que había llegado hasta Hadora también lo era que ya no podría continuar adelante. Cuando menos, trabajando para el mercader.

Apenas vio aquella sombra abalanzándose sobre él como surgida de la nada. Trató de echarse a un lado para eludir la súbita acometida pero tan sólo lo consiguió parcialmente. Sintió un intenso dolor por encima del codo izquierdo y retrocedió unos pasos para alejarse de la esquina de la callejuela y de una segunda sombra que había logrado intuir más que atisbar. Ahora que había ganado el espacio suficiente liberó lentamente su espada davaekiana, sujetándola con la mano derecha por la parte superior de la empuñadura y colocando la izquierda en el pomo. El pie izquierdo retrasado, la punta de la espada adelantada, señalando al suelo. Las manos por delante del vientre.

La sangre inflamaba las venas de sus sienes provocándole un agudo dolor de cabeza que se volvía peor con cada palpitación. Si aquel golpe traicionero le hubiese alcanzado de lleno probablemente le habría fracturado el brazo y las cosas estarían aún peor. Al menos podía celebrar que el efecto adormecedor del vino hubiera desaparecido por completo.

—¡Danos
naari y tú ir! —escupió con dificultad una de las sombras con un marcado acento local.

El espadachín estudió unos segundos a los dos asaltantes. Estaban armados con sendos garrotes y uno de ellos, el que había permanecido en silencio, no dejaba de intercambiar miradas cortas y nerviosas con su compañero. Las ropas amplias y el tocado que ambos llevaban en la cabeza eran indudablemente de estilo kalemí. Seguramente habían presenciado su reunión con Mirlo en la taberna y habrían advertido que el mercader le entregaba un puñado de monedas, llegando a la errónea conclusión de que aquella era una ocasión que no podían dejar pasar de largo.

Súbitamente, el espadachín avanzó un paso, primero deslizando el pie derecho y luego recuperando la distancia con el izquierdo, lanzando en ese preciso instante una estocada fulgurante contra el que llevaba la voz cantante. La punta de acero penetró con facilidad en la mano del asaltante rasgando tejido y quebrando huesos. El rufián lanzó un grito de dolor y soltó su garrote.

El espadachín giró ligeramente hacia atrás apoyando el peso en el pie izquierdo y propinó un golpe ascendente con el pomo que alcanzó al segundo asaltante en pleno rostro interrumpiendo su torpe ataque. Con un veloz paso lateral, desplazó su pie derecho por delante del izquierdo para acompañar un nuevo golpe de pomo a dos manos. El ladrón cayó al suelo fulminado.

El vencedor estudió a sus rivales caídos y los alrededores. Solo cuando estuvo seguro de que no había más peligro se acercó al que estaba consciente y sujetaba por la muñeca su mano herida gimoteando.

—¡No matar, no matar! —suplicó el kalemí utilizando rudimentariamente la lengua imperial mientras le contemplaba aterrorizado. Desde el suelo la perspectiva de aquella espada que superaba el metro de longitud debía resultar sobrecogedora.

—A mi entender habéis sufrido justo castigo —sentenció el espadachín limpiando su filo antes de guardarlo en la vaina—. Que sea la justicia de tu dios o la de los hombres la que juzgue tus acciones futuras.

El guerrero, extranjero en aquellas tierras, prosiguió su camino sin percatarse de que estaba siendo observado. Al amparo de las sombras y envuelta por ropas amplias y oscuras, una misteriosa figura le siguió con la mirada hasta que desapareció. Solo cuando la noche de Hadora terminó por engullir el sonido de los pasos del espadachín, abandonó su escondite para desaparecer por el lado opuesto ignorando a los dos asaltantes caídos.

El encapuchado caminaba con grandes pasos, plenamente complacido por lo que había presenciado y agitado por una curiosidad desmedida. ¡Debía averiguar el nombre de aquel extranjero!

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