Nébula Rol

Caído en desgracia

Esta es la primera de una serie de entradas muy especial, se trata de relatos ambientados en Sakrynia que pretenden dar una visión muy especial del mundo de juego y, por supuesto, entretener.

El primero de estos relatos no lo he escrito yo sino Alfredo Amatriain. Lo he elegido para inaugurar la serie porque es realmente bueno. Podéis leerlo a continuación y/o descargarlo
haciendo clic en este enlace.

edge


Mi nombre es Erlang Ergrim. Y aunque os cueste creerlo, viéndome aquí en esta taberna de mierda, obligado a vivir entre pulgas y a aceptar humillantes encargos de mercenario y hasta matarife para pagarme el sustento, soy de alta cuna, nacido entre sábanas de seda y criado a la teta de las más exquisitas matronas de Darsham. Hijo primogénito de Haskell Ergrim, señor de Grakolhorn por gracia de su alteza el Gran Lobo, nada menos. Para caerse de culo, ¿eh?

Pero incluso a los nacidos con sangre azul los dioses nos pueden mirar con ojeriza, los hijos de puta. Vosotros los bárbaros no sabéis lo que es eso, toda la vida habéis vivido en lodazales rodeados de más mierda que un porquerizo así que os parece que así es la vida y hasta sonreís cuando podéis llevaros un mendrugo duro a la boca desdentada. ¿Pero yo? Yo se lo que es la buena vida. Regalar rubíes por capricho a las mozas, tirar un alazán purasangre desde una almena por una apuesta de cuántas veces va a rebotar la bestia en la muralla antes de llegar al fondo. La buena vida, ay, la buena vida.

¿Dónde aprendí a manejar la espada y la daga? Pues con los mejores tutores de esgrima de Ash’targ, dónde si no. Un noble darshamita tiene que saber defender su honor con insultos hirientes y con acero más hiriente aún si se llega a las manos. Y se llega a las manos a menudo cuando uno es un joven de sangre caliente en el barrio de las putas de Ash’targ, con más oro en la bolsa que sesos en la mollera. A tanto llegaron mis correrías y escándalos que mi señor padre decidió hacer un hombre de mí de una vez y para ello me mandó de una patada en el culo al servicio del estricto caballero Bezdrak, a la sazón gobernador imperial en Davaek. Para entonces mi señora madre había fallecido de unas fiebres sin conseguir darle otra descendencia a mi señor padre, así que en mi despedida al marchar a provincias no se derramó una sola lágrima. Atesoro en mi corazón las tiernas palabras de despedida de mi señor padre: “No me jodas, Erlang. No me jodas y procúrale honor a nuestra familia en Davaek, porque como me traigas alguna vergüenza más te corto los huevos y anuncio ante toda la corte imperial que después de todo lo que tengo es una hija. Y si te da por engendrar algún bastardo con alguna davaekiana, lo tiras a un pozo bien hondo antes de volver a la capital”. Y con eso se dio la vuelta y se marchó en su palanquín. Un sentimental, mi señor padre.

Y aunque me duele admitirlo como si me metieran un hierro al rojo por el culo, lo cierto es que el viejo cabrón tenía razón. El servicio en Davaek hizo un hombre de mí. No por la dura disciplina, el agotador trabajo militar o las raciones de pan y vinagre del ejército, aunque de todo eso hubo bastante. No, lo que obró el cambio en mí fue vivir rodeado de bárbaros y ver bien de cerca hasta qué punto los darshamitas somos diferentes. No, diferentes no. Mejores. Ver que donde nosotros elevamos gloriosos templos a los dioses, los bárbaros se juntan en un cerro coronado de dólmenes a arrojar huesos de carnero. Que donde nosotros cultivamos poesía, refinada música y todas las elevadas artes, otros pueblos hacen sonar vejigas de oveja y a lo más saben tallar en madera unas figuras tan toscas que dan risa. Y que mientras los bárbaros cargan a la batalla en turbamulta desordenada y gritona, nuestras legiones se enfrentan a ellos en filas ordenadas, sin titubear las miradas aceradas, cumpliendo como un solo hombre la voluntad de un general astuto y ducho en todas las tácticas y argucias de la guerra.

Hasta entonces apenas había visto bárbaros, mi compañía habitual en la capital eran otros alevines darshamitas bravucones y pendencieros. En Davaek vi lo mejor que la civilización bárbara podía ofrecer, y vi a las claras que era una mierda. Que extender el dominio de Darsham no era sólo bueno para nuestras arcas, que era lo mejor para los territorios dominados. Por mucho que les jodiese y se revolvieran. Que nuestra civilización es superior, que es la única civilización digna de tal nombre en Sakrynia. Descubrí el significado de la palabra “honor”, que no es otro que servir al Imperio y sus ideales, extender el dominio de su ley por todo el continente, encarnar las virtudes marciales y caballerescas de un noble de alta cuna de Darsham. Y me esforcé por encarnar esas virtudes, lo que incluía pisotear rebeliones bárbaras de tanto en tanto hasta que se les metiera a esos davaekianos en la cabeza la idea de que se vive mucho mejor bajo nuestra ley que bajo nuestras espadas.

No me fue mal en aquella época, la verdad. Me esforcé y demostré que las armas no se me daban mal, que tenía cabeza para comandar hombres y el carisma necesario para que arriesgaran sus vidas por mí. Así que bien pronto ingresé en las Serpientes Negras, la guardia personal del gobernador imperial Bezdrak, un cuerpo de élite formado por hijos de familias de renombre. ¿Ves esta capa roja con ribetes de negra piel de reptil? Un regalo del legado en persona cuando me nombró capitán de las Serpientes Negras. De piel de basilisco del desierto son los adornos, vale más que toda esta ciudad de mierda. No, no quiero venderla, no puedes pagar lo que vale, palurdo de los cojones.

Y entonces va y que me llega una carta de la capital imperial. Que mi señor padre don Haskell volvía a contraer matrimonio, y que se me reclamaba para ser testigo de tan gozoso evento y participar de los parabienes que blablabla. ¿Mi señor padre había apalabrado una unión matrimonial con otra familia y, en vez de buscarme esposa, se reservaba para él la jamelga? El muy cabrón, que típico de él. Porque además cuando llegué a Ash’targ resultó que la dama en cuestión era una flor exquisita, una belleza clásica como esas que uno sólo ve en mármol en las estatuas de los jardines palaciegos, una dama hermosa y rutilante como las que inspiraron versos a los poetas de la antigüedad. ¡Ay!, creí perderme en esos ojos verdes la primera vez que besé su mano. Tan maravillosa dama darshamita, destinada a encamarse con mi seco y arrugado padre. Perdón, con mi seco y arrugado señor cabrón padre.

No, no voy a deciros su nombre. He jurado no volver a pronunciarlo. Porque yo la quise, la quise de verdad. Creo que la quise desde que la vi por primera vez. Y creo que ella me quiso. Un poquito, apenas un momento quizá. Pero me quiso. Sólo quien te quiere puede herirte como ella me hirió. Me rompió el corazón y me convirtió en el deshecho que veis hoy aquí.

Reconozco que fui un idiota. No supe entender la situación política. El obstáculo que yo, el hijo primogénito del señor de Grakolhorn, suponía para los planes de su segunda esposa y para la progenie que pudiera surgir de su vientre. No vi el anzuelo dorado que me tendieron porque ¡ay!, el cebo era tan hermoso y yo estaba enamorado. Quizá no del todo al principio, pero aún así acudí cuando recibí su llamamiento para acompañarla a leer poesía de noche en los jardines de palacio. Volví a acudir la segunda noche, y suspiré de deseo cuando su mano se deslizó en la mía. Cuando sus labios buscaron los míos mi corazón entero ya era suyo. Cuando nos tendimos entre los parterres bajo la luna y la sentí estremecerse de placer bajo mi peso, morderse el labio reteniendo un gemido, habría dado todo lo que poseía, todo mi ser, por volver a poseerla.

Acudí a su llamada una tercera noche. Aprendí una valiosa lección esa noche: los hombres creemos ser acero pero sólo somos idiotas, arcilla blanda en manos de una mujer malvada. Cuando mis manos se tendieron ansiosas a arrancarle la ropa, cuando mis labios fueron a posarse sobre los suyos, de su boca no surgió un suspiro sino un grito. Auxilio, gritó. Socorro, ayuda, me violan, antes prefiero morir, mi virtud es sólo de tu padre, monstruo repugnante, aulló. Y de las sombras del jardín surgieron los sirvientes que estaban apostados esperando la señal, para darme una soberana paliza y arrojarme encadenado a los pies de mi padre.

Intentar violar a tu propia madrastra. ¡Je!, como acusación falsa no está nada mal. Y con testigos y todo, lo tenía bien pensado. Y sobre todo nos había cogido bien la medida a los dos, padre e hijo. Me enganchó bien con su lazo dorado, mordí el cebo con ganas. Y no tuvo que esforzarse mucho con mi padre, unas pocas lágrimas y él ya estaba dispuesto a creerme capaz de la atrocidad de intentar follarme a mi madrastra. ¡Je! No le había dado motivos para tener mejor opinión de mí durante mi alocada juventud. Y en última instancia, era cierto, aquella noche había acudido al jardín con toda la intención de follarme a mi señora madrastra. Así que ni siquiera intenté defenderme. Agaché la cabeza y no respondí a mi señor padre ni siquiera cuando me golpeó y me amenazó de muerte, no ofrecí la más mínima explicación. No había ninguna que dar. Esperé a que pasara su ataque de rabia y dictara castigo.

Me despojó de apellido, títulos, herencia, patrimonio, todo. Del honor no, eso lo había pisoteado yo solito. Tan sólo me dejó lo que me había ganado por mi cuenta en Davaek, mis armas y esta puta capa roja. Vete lejos y gánate la vida sin honor como mercenario, me dijo. Me sorprendió bastante, la verdad, esperaba amanecer con el cuello en el tajo del verdugo. Quizá gozar de una esposa joven le había ablandado el carácter después de tantos años de sequía, no lo sé. El caso es que levanté la cabeza sólo un momento antes de que me echaran a patadas del palacio, para mirarla a ella. Esperando ver una sonrisa taimada y satisfecha. No sonreía. Sus labios temblaban y en los ojos le brillaban lágrimas a punto de derramarse. Me he intentado convencer de que era parte de su actuación, pero sé que no es así. Sé que en aquel momento ella sufría por verme humillado. Pero eso no le impidió cumplir su papel, seguir con su plan, culminar sus aspiraciones políticas. Como buena dama darshamita. El honor y la familia antes que el corazón.

No, no se acaba aquí la historia. Hay un epílogo. ¿Seguro que quieres oírlo? Es bastante más feo que lo que he contado hasta ahora. Está bien, como quieras. Ahí estaba yo, apaleado y privado de todo lo que era mío por derecho de nacimiento. En las calles de Ash’targ, con una espada y una daga al cinto, y detrás mía el palacio, y ahí en alguna parte del palacio la mujer de la que estaba enamorado. Sí, no te rías. Yo aún la quería. No podía dejar aquello así. Necesitaba oírlo de sus labios. Oír que aquellas dos noches en el jardín no habían significado nada, que era sólo una intriga palaciega, que se había abierto de piernas para tenderme una trampa y que había contenido el asco mirando las estrellas mientras yo jadeaba sobre ella. O todo lo contrario. Que me quería pese a todo, como yo había visto en sus ojos. Que huiría conmigo de aquella apestosa ciudad a algún lugar donde nadie nos conociera y donde podríamos hacernos felices el uno al otro.

Sí, era un imbécil redomado. Seguramente aún lo soy.

Aún tenía amigos entre el servicio de mi padre, sirvientes hijos de mayordomos que habían crecido conmigo y más tarde habían participado de mis correrías, con los que había sido generoso en aquellos años en que el vino y el oro se derramaban como agua por mis manos. Uno accedió a llevarle un mensaje a mi madrastra. La citaba en uno de mis lugares favoritos para los amoríos discretos años atrás, una alta torre abandonada y llena de corrientes de aire pegada a un viejo templo. Ven a verme una última vez, le suplicaba, y después desapareceré para siempre sin dejar rastro.

No tenía por qué acudir, su complot había sido culminado con éxito, me había apartado de la sucesión y no había nada que ganar por venir a mi llamada. Pero vino. Subió jadeante y sonrojada las escaleras de la torre, sola. Hablamos entonces, y ella lloró, y se arrodilló, y me pidió perdón. Era todo un complot urdido por su madre y su tía, me dijo sorbiéndose los mocos. Ella no sabía… no quería… no podía imaginar… Ella no imaginaba que yo fuera a ser tan tierno con ella, le dijeron que era poco menos que un monstruo lujurioso y horrendo… Ella quiso echarse atrás, pero su madre la obligó con amenazas terribles a cumplir lo planeado aquella tercera noche… Y ahora ella sufría, y se arrepentía, y quería intentar arreglarlo, si yo quisiera que ella me diera sus joyas, todo el dinero que pudiera reunir, para de alguna forma compensarme por lo perdido, y tan sólo esperaba que algún día pudiera perdonarla porque ella, ay, cuando yo le susurré poesía tan dulcemente, se había enamorado de mí… Y, sabiendo ya lo que quería saber, la agarré con ambas manos, la levanté en volandas en el aire, y la arrojé por la ventana a su muerte.

Qué puedo decir. Mi padre es un pedazo de cabrón y yo, por mucho que él me repudie, soy su hijo. De tal palo, tal astilla.

Tuve que salir de la ciudad tan rápido como pudieron llevarme mis pies, claro está. Se había formado un buen jaleo alrededor del cuerpo destrozado de la señora de Grakolhorn, así que lo menos medio centenar de testigos me vieron salir de la torre. De violador de mi madrastra a asesino de la misma, una progresión en la villanía que seguro que sorprendió hasta a mi padre, que ya tenía una opinión muy elevada de mi capacidad para obrar actos villanos. Me han llegado noticias de que mi señor padre sigue guardando un luto riguroso por su llorada esposa, siempre vestido de fúnebre negro sin el menor adorno o joya. No me extraña la verdad, he visto lo que ofrece por mi cabeza y a seguro ha tenido que empeñar hasta la última joya de la familia. Cuatro bandas de cazarrecompensas a sueldo suyo he tenido que acuchillar o esquivar ya, cada una más cerca que la anterior de cobrarse mi pellejo. Y el cabrón sigue mandando matones a sueldo por todas partes a buscarme, y así seguirá hasta que el jodido viejo la palme de una vez o se acaben los hijoputas con un acero y ganas de embolsarse la recompensa, cosas ambas dos que los dioses no parecen tener intención de concederme pronto.

Así que por eso bajé por el río hasta Yoilak tan rápido que casi me caigo de culo al montar de un salto en la barcaza. Por eso me he resignado a una vida aquí, fuera de la luz del imperio, lejos del dominio de la ley del Gran Lobo, entre bárbaros desdentados y cerdos peludos, siendo a veces difícil distinguir unos de los otros.Y por eso he sabido enseguida quién eres, a qué te dedicas, y por qué te has sentado a mi lado para invitarme a beber y preguntarme si acaso no me llamaré Erlang Ergrim. Y una cosa te digo amigo: olvídalo. No intentes cobrar la recompensa. No merece la pena. Y si aun así desoyes mi consejo y decides probar la suerte de tu espada contra la mía, ten la merced de decirme antes cuál es el nombre de tu padre y dónde puedo encontrarlo. Porque lo menos que puedo hacer por alguien que me ha invitado a beber es, después de matarle, hacerle una visita a su padre. Y llevarle la triste noticia de que al final tuve que cortarle los huevos a su hijo y que, después de todo, justo antes de morir lo que tenía no era un hijo sino una hija.

blog comments powered by Disqus

Este sitio utiliza cookies para proporcionarte una mejor experiencia al visitarlo. Si continuas navegando significa que aceptas explícitamente su uso. Consulta nuestra política de privacidad